Los buitres son aves de rapiña. Viven de la muerte. Para que el buitre siga existiendo es imprescindible la desgracia. Ahí donde la mortandad se hace presente, el buitre exige su espacio. Como la muerte, los buitres se encuentran en todo el mundo. Como la muerte, los buitres están siempre al acecho. También como la muerte, pueden llegar a ser violentos, pero también cándidos: en su vuelo se encuentran las semillas de una libertad muy pocas comprendida.

Las aves de rapiña igualmente padecen las inconveniencias de la vida. Cuando no hay salvarcarroña tienen que salir a cazar. Entonces los buitres modifican su pasividad. El egoísmo de su carácter se subraya y pueden ser partícipes de escenas tan elocuentes como la que a Kevin Carter le valió el Premio Pulitzer en 1994: un niño sudanés famélico es custodiado por un buitre. Nunca sabremos si el buitre esperó por la muerte o él mismo fue el agente del fin del niño. Lo que sí sabemos es que, desde ese día, le nació al fotógrafo un buitre que finalmente terminó asesinándolo.

Carter cerraba los ojos y encontraba una y otra vez la imagen del niño. Hasta que decidió dejarse arrastrar por el buitre en el que él mismo se había convertido. Lo impactante de la fotografía es que nos permite mirar a la criatura desamparada desde los ojos del ave. Carter se hubiera podido salvar si olvidaba la fotografía. El recuerdo terminó siendo su buitre.

La historia del fotógrafo africano le sirve al poeta y enayista Armando González Torres (Ciudad de México, 1964) como una especie de epílogo a su libro Salvar al buitre (Cuadrivio, 2014), una obra que en la pasividad de la lectura se mueve como un ave de carroña: siempre vigilante de su presa.

El milenario género del aforismo es retomado por el autor para salir a cazar conciencias, conquistar olvidos y atragantarse de motivos comunes que hermanan a todos los hombres: el amor, el barrio, la adolescencia, la niñez casi siempre guardada en un maletero. Dividido en cuatro secciones: “De la memoria y el olvido en la infancia”, “Recuerdo de los barrios tristes”, “Cosquillas” y “Literatura y adolescencia”, el libro de González Torres navega por territorios familiares desde la agudeza, el desparpajo y la ironía que le permiten sus argumentaciones siempre punzantes: “Brindo por todo aquello que hemos olvidado, y que debería continuar perdido”.

Finalmente texto acechante, Salvar al buitre es la remembranza donde el autor encuentra su material primigenio. Y ahí empieza la cacería. Aristóteles distinguía entre “memoria” y recuerdo. La primera la percibía como una facultad sensitiva, todo aquello que el hombre experimentaba y se quedaba en su piel, al igual que en su cerebro. Al segundo, el recuerdo, lo definía como  una acción psíquica que implicaba una especie de “proceso de caza”. El hombre entraba en su memoria y cazaba una experiencia pasada que había sido olvidada.

Por eso mismo es que Octavio Paz escribió ese hermoso libro titulado Pasado en claro, para ir en búsqueda de su propio yo, que no se componía del cúmulo de experiencias, sino de todas aquellas que él consideraba esenciales para su alma, de todas aquellas que él mismo había cazado:

Oídos con el alma
pasos mentales más que sombras,
sombras del pensamiento más que pasos,
por el camino de ecos
que la memoria inventa y borra:
sin caminar caminan
sobre este ahora, puente
tendido entre una letra y otra.
Como llovizna sobre brasas
dentro de mí los pasos pasan
hacia lugares que se vuelven aire.
Nombres: en una pausa
desaparecen, entre dos palabras.
El sol camina sobre los escombros
de lo que digo, el sol arrasa los parajes
confusamente apenas
amaneciendo en esta página,
el sol abre mi frente,
balcón al voladero
dentro de mí.

Tan importante es la memoria como el olvido. Del lado de González Torres tenemos a un cazador de recuerdos y de olvidos. Así la voz del libro regresa a su barrio, ahí donde el amor está vedado y la violencia se convierte, a veces, en la única forma de convivencia posible. Nos lleva a esos momentos de la adolescencia, donde la literatura se nutría primordialmente de placer, de juego, de descubrimiento. Entonces la literatura se convertía en el guiño erótico de la existencia. El instante donde los nombres, los premios, las guerras culturales, el show del mundo literario actual ni siquiera poblaba el horizonte.

armandoLa literatura y el joven que siempre fuimos y que hemos perdido acaso para siempre. Acaso es una palabra que invita a la libertad. Acaso es una suposición. Y la suposición de la pérdida de la inocencia, la niñez, la literatura como espacio de gracia, se vuelve absurda con libros como el de Armando Torres que nos demuestran que la literatura, sin armazones ni veleidades ni mezquindades, puede ser recuperada. Por tanto, uno se caga de la risa, se encabrona, se alegra, se siente conmovido y abraza al niño y al adolescente que aún se nos dibuja en el espejo.

Este libro, un libro buitre, vuelve a cuestionarnos desde todos los frentes. Acaso y sólo acaso se trata de recuerdos, de reflexiones, de sueños olvidados que al final de la página nos reconcilian con el mundo. ¿No es esto, la reconciliación con el mundo, lo que verdaderamente buscábamos desde nuestras primeras lecturas.

*Texto leído en la presentación del libro en el Instituto Potosino de Bellas Artes.

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